viernes, 12 de enero de 2018

La única posesión con la que la naturaleza nos invistió: el tiempo

Hojeo, aunque sea digitalmente, un periódico antiguo - La Opinión- y echo una ojeada a lo que publica un número de enero de hace 50 años. Busco datos, informaciones, historias publicadas que apenas recuerda nadie. En medio de todo eso, me encuentro con una nota de la muerte de mi abuelo materno.

Quizá no tenga más importancia que un día como hoy, también 12 de enero de 2018, des con esta nota que muestra algunos aspectos concretos de la sociedad egabrense y que, por cercanía familiar, consideras de otra manera. 

Pero sí que hay algo que reclama mi atención: el año 1968. 

José Mª Montes y Dolores Luna
en su boda
Y te das cuenta que han pasado más años de los que imaginabas al comenzar el rastreo de datos en la prensa digitalizada.

La memoria lo hacía un acontecimiento de la infancia, es cierto. Mas no había caído en la cuenta del tiempo calendarizado que había pasado. Es verdad que nos decían que el tiempo pasa muy deprisa. Tal vez en el día a día no nos damos cuenta, ¡menos mal!, y como decía Séneca mientras diferimos las cosas, la vida pasa.

Entonces confirmas que realmente, casi sin advertirlo, han pasado 50 años de aquello. Parece mucho, pero en realidad, no es más que medio siglo.

Y vuelvo a releer esa cita de Séneca en una de sus cartas a Lucilio:


Todo lo demás, ¡Oh Lucilio! nos es ajeno: sólo el tiempo, objeto tan fugaz como esquivo, es nuestro. Es la única posesión con la que la naturaleza nos invistió. ¡Y sin embargo toleramos a quien quiera desposeernos del mismo! 


José María Montes González, había nacido el 23 de junio de 1896. Falleció un 12 de enero de 1968. Era un buen hombre, así lo recordábamos nosotros y así parece que lo consideraban también fuera de la familia.

Año LVI Número 2337 - 1968 enero 17  LA OPINIÓN


jueves, 9 de noviembre de 2017

#meninofilia Margarita de Austria por Juan Bautista Martínez del Mazo


Otro modo de mirar un cuadro... "imagen de un tiempo inexorable"

La severidad de este retrato parece huir del Barroco que solo queda esbozado con el cortinaje rojo y la alfombra. Nuestra mirada nos hace contemplar la soledad de la Infanta Margarita, con sus "meninas" al fondo del cuadro en esta pintura de Martínez del Mazo. Siendo la misma niña del cuadro de Velázquez, aquí, puede decirse, que estamos ante "el cuadro más triste" de Margarita, aquella infanta que fue emperatriz de Austria.

Y la vemos con el "fulgor de lo negro" esa joya del luto, el azabache, el secreto español que Mazo -yerno de Velázquez - pintó en el siglo XVII, de una infanta española de triste historia.

No tiene más joyas que azabaches, un anillo en la mano que sostiene unos guantes y algo, como una toca que le cae en grandes borlas de azabache por entre las trenzas rubias... su mirada es muy triste, como si no estuviese preparada para la muerte. Como si la cogiese desprevenida ese quehacer de morir y temiese no hacerlo bien. (Rosa Chacel)

sábado, 18 de marzo de 2017

#meninofilia - Las Meninas de Picasso, por Richard Hamilton

No deja de sorprender la variada interpretación de las Meninas, que además de ser una obra única e irrepetible, ha sido reelaborada y enaltecida con justicia. 


En los años 70, para celebrar el cumpleaños de Picasso se organizó un homenaje al pintor por llegar a ser nonagenario. El londinense Richard Hamilton (1922-2011), uno de los padres (o abuelos) del Pop Art, realizó una serie de dibujos para la carpeta de aquel Hommage à Picasso de 1973. Planteó como condición poder trabajar con el impresor de Picasso, Aldo Crommelynck. Así consiguió una estampa, que es la que hoy se deja caer por aquí, y que cumplía a la perfección los objetivos de Hamilton: "rendir tributo a Picasso y mostrar su admiración y devoción por Velázquez". 

Este Meninas de Picasso fue la reelaboración que Hamilton planteó del cuadro de Velázquez para felicitar al malagueño y lo hizo de manera "sui generis" pues como bien podemos ver "hizo cubista a la Infanta Margarita, el mastín se torna minotauro, el Infante que lo pisa es un arlequín y en el pecho de Picasso vemos la hoz y el martillo (Velázquez lucía la Cruz de Santiago). La estampa final agrupa todos los lenguajes y estilos de Picasso: cubismo, clasicismo, periodos azul y rosa, las máscaras africanas... ".

Así lo veía en un reportaje Natividad Pulido en ABC de marzo de 2010. Añadía aquella crónica sobre una exposición de Hamilton que tuvo lugar en el Museo del Prado y que me sirve para terminar este #meninofilia que despide el invierno: «Nunca pude soñar con exponer en el Prado; era para mí un sueño imposible; me siento como si estuviera entrando en la Historia», comenta orgulloso Hamilton. Siente veneración por el cuadro de Velázquez: «Nunca vi nada igual ni he vuelto a verlo. Me sentí sobrecogido la primera vez que lo vi y ya nunca me he desprendido de “Las Meninas”. Cada vez que lo contemplo la experiencia es nueva y más impresionante. Todo en este cuadro es preciso y definido; y la composición es apasionante. Me fascinan los interiores y éste es el gran interior de la Historia del Arte. Este cuadro es como una necesidad». 

"Hamilton, como Duchamp, como Picasso y como Goya, ha hecho con Las meninas lo que ha querido, saboreando su festín iconoclasta, sin dejar que ni un solo resquicio del cuadro de Velázquez se sustrajera a su metamorfosis", escribió Manuela Mena.