domingo, 6 de octubre de 2013

Cordeles, despedidas, bienvenidas…

El domingo de la subida de la Virgen a la Sierra, es una jornada que marca, de alguna manera, el inicio oficial del Otoño egabrense, pues Septiembre ha alargado las noches de paseo y los días de calle con la costumbre de ir a ver a la Virgen en la parroquia.

En este día tan especial, los que hemos vivido el momento de “echarle los cordeles” a la Virgen de la Sierra en Cabra, sabemos que es especial, distinto, entrañable.

En el inicio mismo del parque natural, donde las estribaciones de la Sierra de Cabra empiezan, en lo que fue el antiguo paso a nivel y antes de comenzar la subida de la Virgen de la Sierra a su Santuario, allí se ponen unos cordeles atados a las andas de la Patrona, para que quiénes suben con Ella, ayuden a tirar del trono y permitan aliviar el trabajo de los costaleros en tan emocionado ascenso al Picacho. Así, como si fuera “ligera de equipaje”, la Virgen parte entre aclamaciones y rezos, entre oraciones y plegarias.

Es momento de despedida, de decir adiós a la imagen de la Virgen que ha estado entre nosotros en Cabra. Los primeros rayos del sol confunden a quién presencia la escena, mezclándose el brillo de nuestros ojos con alguna lágrima furtiva que es casi imposible retener. En apenas unos segundos, la Virgen inicia la marcha con un brío impensable y parece que va volando subiendo la impresionante cuesta por la que la llevan. En esos segundos, muchos recuerdos se presentan de pronto.

Recuerdos de la niñez cuando era el lugar en que, en familia, se despedía a la Virgen para luego irse por la vía hasta la Fuente del Río.

Recuerdos de las veces que, con los amigos, subíamos hasta la Sierra en esta jornada tan especial y emotiva, tan auténtica y nuestra. Algunos siguen fieles a esta costumbre y continúan haciendo la subida cada año en los cordeles.

Recuerdos de los momentos compartidos con aquellos que ya no están entre nosotros y nos faltan. ¡Ay!, como se echan de menos.

Y luego, cuando el sol aparece por la cima de la Sierra, y sube triunfante rompiendo la penumbra del amanecer, el brillo de las andas y la visión trasera del templete que cobija a la Virgen, entre la polvareda del caminar rápido de quiénes van con Ella y la llevan, nos sitúa en un adiós que entristece y parece decirnos que todo pasa, que lo efímero aún siendo bello, es efímero.

Más hay una perspectiva, en ese momento de añoranza y emoción que suele ser común en las despedidas, y nos confunde por completo. Es la de quiénes esperan en la Sierra la llegada de la Virgen que sube por los caminos de la serranía egabrense y no han estado en el adiós.

Entonces la sensación es de dicha y esperanza, de alegría y gozo al ver que vuelve la Virgen a su casa en la cima de aquella montaña santa que está tan cerca del cielo.

Conviven así dos momentos difíciles de explicar, tan complejos de aceptar y más aún de compartir a la vez, pero que aparecen claros con las sensaciones que nos dan esa despedida de Cabra y esa bienvenida a la Sierra. Irse y llegar a un tiempo.

Extraña combinación de emociones que me lleva a pensar que, algo así, es lo que ha de pasar en ese momento irrenunciable en el que un adiós, quizá lo sea solo para quién nos lo diga. Y será el principio de un camino en el que quien lo ha iniciado, es esperado por quiénes ya están arriba deseando que llegue el ansiado re-encuentro o la vuelta a casa.