sábado, 2 de junio de 2012

¿La vida es un cabaret?

Se cumplen cuarenta años de una película de las consideradas de “culto”: Cabaret. Y he de confesar que sin ser muy cinéfilo, me gustó, no tanto como para verla más de dos veces, pero lo suficiente como para recordar algunas de sus esperpénticas y estridentes escenas, bailes, música y letra, que podrían no dejar a nadie indiferente. También es cierto que su base literaria le da una impagable fuerza. 

En los tiempos que corren, que no creo que se parezcan a los que sirven de escenario al “film”, hay cosas que, sin embargo, me parecen comparables. Berlín de fondo sirve para ambientar la frivolidad de un mundo que no sabe muy bien qué está pasando. Un mundo donde el poder convierte a los que lo ejercen en terribles amos que olvidan su carácter de representatividad y que, por mucho que quieran, los eleva a tal nivel que se olvidan que son tan mortales como nosotros. Con una diferencia, eso sí, que ellos no sufren los recortes, las injusticias, la falta de vivienda o trabajo, el problema de no tener para llegar a fin de mes… y tantos otros compañeros de viaje que no tienen los políticos dado el estatus que disfrutan y que, no lo olvidemos, hacen posible los ciudadanos.

Quizá habría que meter en este saco a otros jerarcas de las diversas instituciones que venimos en llamar poderes fácticos y ahí que cada cual le ponga nombre o las incluya, según su propio criterio. Salvemos de ese saco a quiénes trabajan desde la honestidad y la responsabilidad que les pueda eximir, al menos en parte, de esa inclusión.

Pues bien, dicen que Cabaret es el mejor musical de la historia del Cine y quizá tengan razón. Hoy, usar como excusa esta vieja cinta y la novela que le da vida, me sirve para seguir pensando que la independencia es una forma de libertad, aunque acarree sus problemas. Y que esa independencia no impide sentirse cercano a unas u otras cuestiones, ni nos obliga a mirar para otro lado, sino a dar la cara cuando ha lugar y actuar cuando lo que uno piensa se convierte en exigencia de honestidad y coherencia.

Al final, después de todo lo que tenemos que soportar a diario, y con tantos temas que dan para hablar, el problema, tristemente, no son las personas o los pueblos y sus padecimientos, sino aquellas instituciones que, desde sus pedestales, solo defienden lo que les permite seguir en ellos: el DINERO.

Ojalá pronto podamos decir como Isherwood, Adiós a Berlín. Y no tengamos que seguir en ese Cabaret que nos aleje de la realidad.

Ahora si quieren, usen este enlace y escuchen esa famosa melodía que forma parte de la película que habla “sobre las miserias e impulsos de la condición humana y las alarmas históricas que deben afrontar los personajes”. 

http://youtu.be/rkRIbUT6u7Q