jueves, 3 de enero de 2013

Cuentos japoneses 日本昔話


Bulevar del Gran Capitán de Córdoba. Pasadas las tres de la tarde sigue la animación y se ven algunos de los numerosos turistas que pasean por Córdoba. Buscan, quizá, lugares por descubrir.

Una pareja de turistas en toda regla. Ella con rasgos orientales y mucho colorido en sus ropas; él con sombrero de cuadros, bufanda roja. Y cámaras colgadas. Por sus rostros, mayores que yo. Hacía frío a pesar de la hora.

Pasaba por la puerta de San Hipólito, esa colegiata ignaciana que sirve de panteón real tras un pequeño recinto amurallado en medio de la ciudad. Alguien dijo: - perdón

Volví la cara. Un hombre muy educado, hablando español con acento hispanoamericano, me preguntó si podía atenderle. Me detuve.

Antes de que yo dijera nada, empezó por decirme que buscaban un lugar donde que comer que no fuera para turistas. Querían comida casera, “como la que hagan ustedes en sus casas”. Pensé decirle que yo era de Cabra… y antes de poder hablarle, me espetó: “espero que no sea usted uno más de los muchos que en el camino que llevamos andado desde la Mezquita, nos han dicho que no son de Córdoba”. Sin duda –pensé- se les pasó la hora de comer.

- Bueno – dije- no soy cordobés de la capital, sino de Cabra donde vivo, aunque ahora ando por aquí por razones profesionales.

Bastaron mis palabras para que comenzara una breve conversación.

- ¡Ah, de Cabra, la conozco por referencias. Bella ciudad. En mis viajes he leído algún libro de Valera, sus cartas resultan muy interesantes. Sus Cuentos Japoneses, aunque breves, me gustan mucho. Y también a mi mujer. Ella es japonesa, allí vivimos desde hace años.

Y empezó a conversar mientras les dije que conocía un sitio al que, por razones de trabajo, he ido alguna vez y donde ponían comida casera con amabilidad y buen servicio, a un precio asequible. El precio no es problema, me dijo amablemente. Les invité a ir juntos pues me venía de camino.

En el breve paseo por las callejas del centro de Córdoba, me dijo que había sido profesor de Lógica en la universidad de Tokio y su mujer periodista de una revista japonesa. Que habían venido a España, en esta ocasión, de vacaciones. Y me habló de los métodos de espiritualidad que había aprendido en su vida en Japón. Yo le hablé de mis creencias cristianas y al pasar por la plaza de San Ignacio, indicó que conocía algo de la historia de las fundaciones de los jesuitas en el Japón. Me dijo de que para ellos no existe la suerte, ni tampoco los problemas. Que la vida son circunstancias que hay que sortear. Yo le mencioné la Providencia; él me habló de los “Kami”, de los seres espirituales del Sintoismo, del significado de atravesar las puertas de los santuarios japoneses y de la búsqueda de la armonía.

No tenía prisa y dudo si tenía realmente ganas de comer.

Me habló de su interés por los claveles de Chiclana o de Guadix, - mucho mejores que los de Holanda – afirmó rotundamente; que le gustaba Córdoba y su historia. Volvió a los claveles para decirme que el comentario sobre los de Holanda venía a cuento de que sabía que en más de una ocasión los habían rechazado en Japón por “unas motas blanquecinas sobre el rojo” y entonces, me dijo: Priego está cerca de Cabra, ¿no?.

Pensé que iba a hablar de algún reportaje turístico, pero no. Le conteste que muy cerca y me dijo: Conozco Priego por unas patatas fritas. Se detuvo y continuó: No se quién será el empresario que ha conseguido meter esas patatas fritas con aceite de oliva y con sal rosa del Himalaya en Japón, pero puedo asegurarle que es muy difícil vender un producto allí. Habría que felicitarlo por ello. Se refería a las patatas San Nicasio, que ha lanzado al mercado mundial Rafael del Rosal y que tanta fama están alcanzando, al tiempo que difunden al casi desconocido patrón de Priego.

Sospeché que tenían ganas de hablar, muchas ganas de hablar. Me contó un montón de cosas. Y además incluso quiso invitarme a comer con ellos. Pero les dije que tenía que irme a Cabra para compartir el Roscón de Reyes con mi familia.

Estoy seguro que hubiera seguido hablando y que habría sido una conversación interesante. Pero el final del trayecto había llegado y les dejé, no sin una amable despedida, en el lugar que me pareció andaban buscando. En el trayecto, el profesor y la periodista, hablaron como si nos conociéramos de hacía tiempo.


Al llegar a Cabra, no pude resistir las ganas de releer “El pescadorcito Urashima” y “El Espejo de Matsuyama”. Recordé la interesante conferencia de Juan Leña en el Paseo sobre estos relatos de los que el don Juan de las letras aegabras dijo: “Elijo los dos que me parecen más interesantes: uno porque se diferencia mucho de casi todos los cuentos vulgares europeos; y otro por lo mucho que se asemeja a ciertas leyendas cristianas”.

Pasé la tarde con la sensación de haber estado inmerso en un largo paseo por las embriagadoras calles de Córdoba, escuchando unos entrañables y desconocidos Cuentos Japoneses. Luego, tras leer los relatos que tradujo y recompuso Valera, recordé la conversación con unos japoneses en Córdoba y me pareció haber estado como en un viaje en el tiempo. Sin embargo, de una y otra aventuras, apenas habían pasado unos minutos.

No me tocó la haba del Roscón y disfruté de una exquisita merienda familiar en vísperas del día de los Reyes.