martes, 28 de diciembre de 2010

Declaraciones desafortunadas

Que un obispo ofrezca datos inconsistentes o inexistentes, pretendiendo defender un modelo determinado de familia, es, a mi modo de ver, un error o, cuando menos, una temeridad. Para los que nos sentimos parte de la comunidad cristiana, declaraciones como las que ha hecho el obispo de Alcalá de Henares, son un chorro de agua fría. Nuestras familias forman parte del modelo de familia cristiana y nos sentimos responsables del sentido que damos a nuestra comunidad familiar desde una creencia determinada. Defender la familia cristiana, no puede hacerse atacando a otros. En un estado social y democrático de derecho como el nuestro, el diagnóstico sobre el grave problema de la violencia de género ha de ser certero y contundente, nunca basado en apreciaciones personales y mucho menos en ataques indiscriminados; puesto que la violencia de género responde, fundamentalmente, a la dominación del hombre sobre la mujer, a la desigualdad y a la falta de respeto a la dignidad de las personas.

Si hay familia, hay amor, comprensión, entrega sin condiciones, ayuda mutua, respeto, búsqueda de la felicidad, igualdad, proyecto en común. Si hay violencia de género, nada de esto puede darse.

El modelo de familia “tradicional”, es válido para quiénes lo vivimos desde nuestra propia elección y supone contar con un planteamiento de fe que lo basa en la indisolubilidad, en la fidelidad y en la entrega mutua del hombre y la mujer. Y se hace para siempre.

Aunque haya realidades que parecen ponerlo en cuestión, hay otras muchas que sirven para ofrecerlo como un proyecto ejemplar y que suponen un amplio porcentaje de familias felices y dichosas, que se enfrentan a su día a día desde una entrega y capacidad de relación que sólo puede entenderse desde el Amor; pero también desde la igualdad, el respeto, la comprensión, el esfuerzo, y un largo etcétera que ofrece numerosos ejemplos dignos de mención.

Los otros modelos de familia, han de ser respetados y sobre todo conocidos desde la condición de sus miembros y sus realidades concretas; algunas tan próximas que difícilmente puedan criticarse. Y en ningún caso pueden defenderse desde el ataque o el menosprecio de unos hacia otros.

Declaraciones como las del obispo de Alcalá, suponen respuestas no menos desafortunadas. Si criticables son las del prelado, lo son también las del coordinador de Izquierda Unida, quién se ha despachado atacando sin razón a quiénes quisimos entregarnos mutuamente, desde la libertad, “hasta que la muerte” nos separe. La forma en la que el político se refería a esta expresión, no sólo es zafia e indignante, sino que menosprecia la fidelidad entre los esposos en una fórmula que para muchos representa una auténtica vocación matrimonial, sin que nada tenga que ver con lo que ha pretendido ofrecer el líder comunista.

Tampoco ha de desprestigiarse, desde un responsable de un partido político que representa a un buen colectivo de ciudadanos, a un tipo de familia, atacándolos de esta forma.

A mi modo de ver, quizá ambos, prelado y político, se han equivocado. Frente a sus declaraciones, la sociedad española, la que formamos familias de todo tipo, las del día a día de la crisis, las que se enfrentan a los problemas para buscar las soluciones, las que luchan desde la trinchera; no se sienten representadas por declaraciones de este tipo. Una vez más, tenemos un ejemplo de clase dirigente que se aleja de la realidad cotidiana a la que pretenden representar.

Las familias españolas, que son las que están haciendo posible que las consecuencias de la crisis sean menos, gracias al apoyo que se prestan entre sus miembros y a la colaboración que ofrecen a otros que necesitan ayuda, se merecen un respeto mucho mayor.

La familia, célula básica de la sociedad y también de la iglesia, supone estrechar lazos, ampliar horizontes, caminar juntos en un proyecto de vida. La violencia de género, todo lo contrario: limitar, torturar, dominar, matar.

Y el problema de la violencia de género, que es la gran lacra social que nos atiza diariamente, merece también mayor altura de miras y trabajo conjunto para su erradicación. Y no declaraciones de este tipo que marean la perdiz, y luego no saben adonde dirigirse.

martes, 21 de diciembre de 2010

Solsticio de invierno: anuncio de la Navidad.

La luna llena del invierno aparecía nítida y brillante en un claro del cielo nublado y lluvioso de la noche del 21 de diciembre.

Una luna que nos anunciaba el Solsticio de Invierno. Una fiesta llena de reminiscencias antiguas, de sentidos de lo religioso en la historia del género humano. Una luna que era festejada por celtas y romanos, por japoneses y escandinavos, por mayas y aztecas, por tantas y tantas culturas que tienen un sentido astral de los tiempos y de las estaciones.

El ciclo lunar de este solsticio es también la fecha elegida para celebrar un acontecimiento que cambió la faz de la tierra: el nacimiento de Jesús. Y digo que es la fecha elegida por que así lo asumieron quiénes quisieron hacerlo coincidir con una fecha especial para tantas civilizaciones. Lo de menos, desde mi punto de vista, es que la fecha coincida o no realmente con el acontecimiento. Pues éste, es más importante que lo accesorio de la fecha, por muy importante que sea la elegida y por más que haya quién no alcanza a comprender que es un argumento fácilmente contrastable y que, al menos a mí, me parece acertado.

Hacer coincidir la celebración de la Navidad con el Solsticio de Invierno, no es pues criticable sino digno de reconocimiento.

Con la luna llena de esta noche, la cercanía de la Navidad se hace más próxima, y celebrarla supone unirse a los miles de seres que a lo largo del tiempo y de la historia así lo han hecho y así lo hacen. Y aún conociendo los mitos y sus explicaciones, la singularidad para muchos de quiénes la celebramos desde una determinada creencia, no es más que descubrir en el brillo de la noche, la Luz que ilumina eternamente y que, cíclicamente, desde el cielo, se nos anuncia con una luna llena que refleja las luminarias del Sol esplendente.

Sólo falta que el sentido de la fiesta recupere lo poco que pueda quedar de su verdadero significado y no se vea apagada por lo artificioso. Y eso es lo que realmente nos cuesta. Desear Feliz Navidad o Feliz Solsticio invernal, no debe ser sólo un mensaje vacío, sino una apuesta por convertir el rito, en una vivencia compartida que muestre las claves de un Amor sin límites y de una Fraternidad universal que, desde la historia encarnada, nos ofrece ese Niño nacido entre una mula y un buey, y que cambió la trayectoria de los tiempos.

Aunque nos pase como a quiénes lo anunciaron los profetas Isaías o Habacuc, que aún enterándonos, no queramos comprenderlo.

Un retrato auténtico de la Vizcondesa de Termens

El otro día hablaba de las magníficas fotografías de mi amiga M. José Carmona en su exposición Retratos Egabrenses, que puede verse hasta el 9 de enero en el Museo Aguilar y Eslava.

Y creo que hay otro tipo de retratos que también han de encontrarse buceando por la memoria colectiva o personal y que, a veces, tenemos la suerte de encontrar no solo en las fotografías sino en la historia escrita o novelada que, como toda creación artística, nos deleita y ennoblece.

Entre esos otros retratos, hoy me refiero también al que ha realizado en forma de libro Salvador Guzmán Moral, que es mi hermano del alma. Un libro sobre la Vizcondesa de Termens, Carmen Giménez Flores.

Para la gente de Cabra, Termens es un lugar, un espacio, una memoria o una presencia que se nos antoja próxima cuando pasamos por los muros de tan emblemático centro de educación, regido por las Hijas de la Caridad. En ellos recibimos la primera educación muchos niños y niñas de la segunda mitad del pasado siglo y ahora la siguen recibiendo personas con necesidades especiales.

Para mí, Termens es un reducto especial de la memoria infantil que se mantiene casi intacto y que supone uno de mis primeros recuerdos, de esos que permanecen para siempre.

Para otros, la memoria está también presente en el nombre del Mesón más popular y conocido de cuántos tenemos en Cabra: el del Vizconde, que debe su nombre al consorte de la III Vizcondesa y que surgió en los bajos de la casa de Carmen Giménez en la calle Martín Belda de Cabra, luciendo las armas de Termens en un gran escudo que hay a la entrada del restaurante.

Algunos la tendrán en el recuerdo por ser una dama a la que deben gratitud por las casas que recibieron cuando murió; por los trabajos que realizó en el Santuario de la Virgen de la Sierra o en las Agustinas; por su labor en la Semana Santa; por todo lo que hizo en Cabra; por tantas historias como oyeron contar sobre ella, conocida en Cabra por la "sanroqueña"; en Sanlúcar, Sevilla o Madrid como la "infantona" y en periódicos, reseñas y placas de piedra como la Vizcondesa.

Hay quiénes tuvimos la suerte de conocer algunos de los elementos que formaron parte de su vida y de su legado. Gracias a la amistad con sus descendientes, pudimos saber de ella de otra manera. Recuerdo cómo a veces, a hurtadillas, fisgoneábamos en el desván de la casa de la Vizcondesa sin que pudieramos ver más que el envoltorio de una historia que, entonces, estaba por hacer. Y quizá uno de los aspectos que algún día podrán rescatarse es el papel que jugó una mujer que heredó el título y muchos de sus más profundos secretos, Mercedes Von Schmiterlöw, Mimi, la III Vizcondesa de Termens, que supo mantener en su discreción y honestidad todo el legado que recibió y del que aún hay, seguro, cosas por revelar.

Salvador Guzmán, en el retrato que hace de la Vizcondesa de Termens en su libro, nos ofrece una visión desapasionada, objetiva, documentada y certera sobre su vida y su obra. Despejando así muchas incógnitas y ofreciendo aspectos más que interesantes junto a fotografías inéditas que completan el recorrido por este libro que rescata al personaje, pero también a la persona que fue Carmela Giménez.

Felicitar a Salvador por su trabajo es una obligación que no escondo, pues el tiempo que ha dedicado a poner este libro a nuestro alcance, lo merece. Y el resultado es, creánme, más que magnífico.

Invitar a leer este libro es, en cambio, una satisfacción que espero sea compartida por muchas personas. Cuando se termina, se tiene la sensación de haber conocido en primera persona a la Vizcondesa y formar parte, casi sin darnos cuenta, de una de las más interesantes vidas femeninas que Cabra ha dado a la historia.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Retratos...


Mi buena amiga Maria José Carmona, presenta una exposición de Retratos Egabrenses en los que encontramos caras conocidas para la gente de Cabra y en las que la autora de las fotos ha sabido plasmar el enfoque que cada personaje o grupo parecían necesitar. La muestra es llamativa y novedosa, siendo quizá la primera en la que se exponen exclusivamente retratos.

Y como dice la gente que está visitándola en el Museo Aguilar y Eslava, Maria José ha realizado un trabajo excelente y además ha captado el alma de cada personaje en las fotos, lo que no es tarea fácil. Incluso hay quién ha dicho que se trata de retratos que están "muy bien pintados". Ya se que no puedo ser totalmente objetivo, pero creo que es una preciosa exposición y que reflejan lo buena retratista y fotógrafa que es Maria José Carmona.

Creo que las personas amantes de la fotografía no deberían dejar de ver la muestra, que estará abierta en el Museo Aguilar y Eslava hasta el próximo 9 de enero. Además pueden aprovechar para pasar uno o varios días en Cabra y su entorno, especial, mágico, apasionante.

Y de camino, verán cómo los retratos y fotografías de Maria José, no son sino reflejo de cuanto rodea este lugar especial de las Subbéticas Cordobesas, centro geográfico de Andalucía y lugar para disfrutar de los sentidos en esencia pura.

Felicidades Maria José!!!! y que sepas que cuántos están viendo las fotos celebran lo magnífico del trabajo que has realizado.

¡Ah!, y tendrás que ir haciendo una agenda de citas para retratar a mucha gente que no quiere quedarse sin una foto suya hecha por tí.

Hasta luego.